Ciudad Apariencia
(2do. Tratamiento)
Ana Pía Quintana Enciso
(2do. Tratamiento)
Ana Pía Quintana Enciso
EXT. AMANECER. CALLE PEATONAL
La ciudad comienza a despertar, un día más, una historia más que contar en su ya recorrido camino colonial. La calle se encuentra limpia pues seguramente los barrenderos hicieron su labor unos minutos antes de que el alba comenzara a hacer su respectivo trabajo, amanecer. La calle aún se encuentra solitaria, todavía quedan prendidas las luces que alumbraron durante la noche y los pájaros de los árboles que adornan el centro de la calzada comienzan a escucharse. Todo sigue igual, las bancas de verde hierro, los basureros, las jardineras que adornan los troncos de los árboles y todas las edificaciones aún cerradas. Las puertas de la iglesia de Santo Domingo están abiertas ya, aunque el nulo movimiento hiciera parecer que así quedaron desde la noche anterior.
A lo lejos se puede ver a dos personas, un hombre por una lado, y a una mujer por el otro, con la cabeza agachada caminando una hacia la otra sin siquiera notarlo. Ambas tienen los ojos vendados con una cinta negra. Al acercarse y escucharse, tratan de cambiar el rumbo, pero el encuentro es ya casi inevitable. Cuando estas personas se entrecruzan y salen de su ensimismamiento, voltean a verse mutuamente y sus ojos se asoman de la venda. Acto seguido se inspeccionan de pies a cabeza con los ojos fuera de la venda y continúan su camino con los ojos ocultos nuevamente y la cabeza hacia abajo.
(Texto)
Todos tenemos los ojos vendados cuando tenemos que vernos a nosotros mismos, pero cuando hay que mirar al otro o cuando el otro nos mira tenemos que sacarlos.
De repente, en procesión, aparece un séquito de personas llevando una tumba, todos con los ojos vendados. Son cuatro hombres vestidos de traje negro cargándola, seguidos por cinco mujeres vestidas idénticamente con vestidos negros, medias, zapatos negros y un velo negro que les cubre el rostro a través del cual se puede ver la venda negra con los ojos asomándose y las lágrimas con rimmel que corren por sus mejillas. Todas estas personas mientras hacen lo que tienen que hacer voltean a alguno de sus lados percatándose de ser observadas, cuando se dan cuenta que lo son, la intensidad de su llanto aumenta, incluso se suenan la nariz exageradamente.
(Texto)
Llevarás el mismo velo y llorarás los mismos muertos, seguirás la corriente y no harás oposición, en caso contrario tu reputación estará en juego.
Mientras la procesión continúa, vemos a otras personas igualmente vendadas. Un globero llegando con los ojos ocultos, instalándose con sus globos y haciendo el particular ruido de los globeros, como si hubiera niños o gente alrededor que pudieran comprarle. Del otro lado se encuentra una pareja de ancianos sentados en una banca platicando mientras se miran con una venda alrededor de los ojos, pero éstos la traspasan. Después de unos segundos personas van circulando vestidas de distintas maneras, trajeados, uniformados, cholos, todos con los ojos cubiertos hasta que no se miran entre ellos y sus ojos brotan de la venda. Todos ellos tratando de ocultar quienes son verdaderamente a través de una venda en los ojos, la cual no puede ser removida, así que los ojos tienen que traspasarla cuando se dan cuenta que hay alguien mirándolos. Un hippie llega y se instala afuera de la Iglesia con la particular joyería. Algunos pasan y evitan mirarlo, a otros les gana la curiosidad.
Volvemos al séquito fúnebre, nada ha cambiado, los hombres siguen vendados cargando el ataúd y las lloronas siguen atrás ahora rezando. Dentro del ataúd se encuentra un viejito, se quita la venda de los ojos y con éstos cerrados, respira profundamente y su semblante muestra la paz interior y el descanso que siente.
(Texto)
En donde se vive de las apariencias…no se puede ser otra cosa.
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